domingo, 19 de octubre de 2014

El Nacimiento de Venus de Sandro Botticelli


Sucede a veces que el título de una obra de arte, aun siendo incorrecto, se mantiene inmutable a lo largo del tiempo y acaba por identificar plenamente a esa obra. Quizás el ejemplo más destacado de lo que afirmamos lo tengamos en la pintura española: si citamos el cuadro que lleva por título "la familia de Felipe IV" es posible que tardemos unos segundos en recordar que en realidad nos estamos refiriendo a las Meninas de Velázquez. Algo parecido ocurre con esta obra de Sandro Botticelli (1444-1510), "el nacimiento de Venus" (1485), una de las pinturas más emblemáticas no sólo de Quattrocento italiano, sino del Renacimiento en general y, aun me atrevería a decir, de todos los estilos artísticos.

 
Pero el cuadro en el que hoy fijamos nuestra atención no representa, propiamente, el nacimiento de aquella diosa latina, de quien la mitología nos cuenta que llegó a la vida entre la espuma del mar, después de un dolorosísimo acto parricida en el que el dios Cronos cortó los testículos de su padre, Urano, arrojándolos al agua. Evidentemente, no era ese un asunto adecuado para un pintor tan refinado como Botticelli quien, en realidad, nos retrata a la diosa arribando a las costas de la isla de Citerea, en pleno mar Jónico. Hasta allí llega la divinidad empleando como medio de transporte una generosa concha que es dirigida a tierra por el viento favorable que surge de la boca de Céfiro, situado a nuestra izquierda, a quien a su vez acompaña en el vuelo su esposa Cloris, la ninfa dueña de las flores, que por ello aparecen en gran número en el cuadro.

En una cosa se parece una diosa como Venus a los simples mortales: llega al mundo desnuda, aunque el pintor la retrata en púdica actitud, tratando de proteger con sus manos y sus largos cabellos sus senos y su pubis. En tierra ya está esperándola la propia Primavera, que se apresura a ofrecerle una túnica también cuajada de flores. ¡Qué mejor símbolo del amor que éste de las flores!, presentes por todas partes del cuadro. Símbolo reforzado además por la guirnalda de hojas de mirto con la que la Primavera atavía su cuello, alegoría a su vez del amor sin límite temporal, del amor eterno.

Un cuadro, pues, de composición relativamente sencilla: cuatro personajes en un entorno natural de escasa complicación, en el que el pintor ha puesto además poca atención a las leyes de la perspectiva. ¿Por qué, entonces, tiene tanta fama esta obra? Las respuestas son múltiples y, hasta cierto punto, subjetivas. Entre ellas habría que considerar la capacidad de Botticelli para imprimir ritmo y movimiento a la escena, lo que nos hace llevar nuestra vista de izquierda a derecha y desde el fondo hacia adelante, impulsados respectivamente por el viento que sopla y el compás de las olas hasta la orilla. Tal vez habría que considerar también el contraste entre la completa desnudez de Venus o la parcial de los alados personajes que la impulsan y la rica vestimenta de la Primavera. O tendríamos que reparar en la suavidad de las líneas negras que trazan los contornos de las figuras, en la dulzura de los colores empleados o en el gusto por los pequeños detalles. Quizás podría valernos no sólo la propia postura de la diosa, sino la belleza de su rostro, su imposible cuello o esa mirada lánguida y perdida que parece aislarla de todo cuanto acontece a su alrededor.

Obviamente, detrás de toda gran obra hay un gran autor. Sabemos sobradamente que Botticelli conocía y compartía las teorías de la filosofía neoplatónica que tanto éxito tuvieron en la Florencia de los Médici a finales del siglo XV. Unas ideas que sublimaban el tema de la belleza femenina para extrapolarlo hacia conceptos más amplios: la misma diosa del amor sería uno de los cuatro elementos primigenios (el fuego: la pasión) siendo los otros tres más evidentes en el cuadro (la tierra, el agua, el aire). Todo esto puede ser, pero también pudiera ocurrir que esta pintura esté llena de alusiones de carácter religioso, que Venus sea un trasunto de la propia Virgen y que el agua y la concha hagan alusión al poder salvífico del bautismo. En todo caso Venus, pese a su largo cuello o a sus estrechos hombros, rebosa aquí humanidad. Así tenía que ser, porque estamos hablando de la Florencia del Renacimiento. Humanismo en estado puro.

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